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¿Cómo se puede conseguir, en apenas tres meses, un contrato que te asegura casi 50 millones de euros durante los próximos cinco años? ¿Cómo es posible que dos goles, uno en el minuto 92 y otro en el 94, desencadenen un compromiso de semejantes proporciones? La respuesta la tienen Mansour bin Zayed Al-Nahyan, propietario del Manchester City, Khaldoon Al Mubarak, presidente del club, y Roberto Mancini, entrenador mejor pagado de Inglaterra. En esta historia también hay otros protagonistas indirectos, como Dzeko, Agüero o Sir Alex Ferguson, e incluso personajes secundarios del corte de Arteta, Jelavic o Maloney sin cuya inestimable ayuda el multimillonario contrato no hubiese llegado a firmarse.

La historia comienza el domingo 8 de abril de 2012 cuando el Manchester City visitó el Emirates Stadium a cinco puntos de la cabeza. A las 17:00 (hora española) dio comienzo un partido que podía dejar sentenciada la Premier League. Y aquello pareció cumplirse cuando en el minuto 87 Arteta lanzó un deraechazo imparable que besó las redes de la portería que defendía Hart y dejó a los citizens a ocho puntos de sus vecinos. La esperanza se había evaporado. Sí, el Manchester United aún tenía que visitar el City of Manchester, pero remontar ocho puntos (¡ocho!) ante un equipo con la experiencia del United se antojaba imposible. El futuro de Mancini estaba lejos de Manchester y, según apuntaban la mayor parte de los medios británicos, a muchos kilómetros de las islas.

Pero entonces, cuando la competición tenía menos aliciente, Sir Alex Ferguson se propuso poner salsa al asunto. Primero visitó el campo del Wigan, donde perdió por la mínima por culpa de un gol de Maloney. El equipo de Roberto Martínez se estaba jugando el descenso y realizaron un gran partido, pero del futuro campeón de Inglaterra se esperaba mucho más. “El Wigan fue mejor” reconoció Ferguson tras el partido, consciente de que la relajación de los red devils había sido excesiva.

De acuerdo, la distancia se había reducido a cinco puntos (el City se impuso con claridad frente al W.B.A. por 4-0) pero quedaban cinco partidos y, salvo la visita al City of Manchester, el resto de los encuentros eran frente a equipos que no se jugaban nada. Más difícil era el calendario de los de Mancini, que visitarían St. James Park y recibirían a equipos de la zona baja de la tabla, de los que muerden cuando el descenso aprieta. Era la segunda semana de abril, y los dos equipos de Manchester solucionaron sus compromisos con sendas victorias. Ferguson respiró tranquilo, el título estaba cada vez más cerca.

Pero llegó el domingo 22 de abril, uno de los encuentros, a priori, más sencillos para el United: recibían a un Everton que se encontraba en mitad de la tabla, que no se jugaba nada y cuya máxima aspiración era quedar por encima de sus vecinos, el Liverpool, si bien el premio de esta gesta -que llegaría a cumplirse- sería simplemente moral (¿quién ha dicho que sea poco?). El partido fue un intercambio de golpes que llegó al minuto 80 con 4-2 para el United. Entonces su defensa decidió coger vacaciones anticipadas, Jelavic, Fellaini y Pienaar apretaron levemente el acelerador y empataron el partido con una sencillez preocupante. El City, por su parte, venció en su visita a Norwich, y la distancia se redujo a tres puntos.

El derbi de Manchester sería crucial en el devenir del campeonato. Una victoria de los citizens los colocaría en cabeza. A los de Ferguson les bastaba con un empate. Un gol de Kompany en el tiempo de descuento de al primera mitad fue suficiente para decantar la balanza del lado blue. El United ni tan siquiera disparó a puerta entre los tres palos.

La historia no llegaría a ser épica de no haber tenido un final apoteósico. 13 de mayo. En la última jornada, frente a su público, el Manchester City perdía 1-2 frente al Queens Park Rangers mientras los de Ferguson vencían en Sunderland. Mancini gritaba, gesticulaba y maldecía. El tiempo se acababa y el gol no llegaba. No era suficiente con un empate, ¡había que ganar para salir campeón! Cuando se cumplió el minuto 90 Roberto Mancini pensaba en cuál  sería su próximo destino: “puedo volver a Italia, aún guardo buen cartel allí; quizá algún otro jeque me quiera para dilapidar parte de su fortuna (¿París?); ¿por qué no entrenar a una selección exótica? Un lugar con buen clima, por favor, no más cielos grises”. No había pasado ni un minuto soñando cuando un cabezazo de Dzeko a la salida de un córner lo devolvió a la realidad. ¡Empate! Quedaban menos de tres minutos para marcar un gol.

Y apareció Agüero, aquel delantero bajito por el que apostó (apostó con la fortuna de su jefe) cuando contaba en su plantilla con suficientes delanteros como para sonrojar al más pudiente (Tévez, Balotelli, Dzeko…). Dos toques en el área y un fuerte disparo alojaron el balón en las redes. El City of Manchester gritó, retumbó, estalló. Hubo besos, abrazos y lágrimas. El City era campeón 44 años después… ¡a pesar de Mancini! El italiano estaba eufórico. Quizá se fuese del club, pero lo haría con la cabeza bien altaTampoco eran tantos los 420 millones de euros que se había gastado, ¿no?. Ya tenía una FA Cup y una Premier League. Nadie se acordaría ahora de la eliminación de la Europa League a manos del Sporting de Portugal.

Mancini se fue de vacaciones con la sensación del trabajo bien hecho. O, al menos, sentía que su temporada no había sido mala. “De acuerdo, podría haber hecho algo más en la Champions League, donde caí eliminado en la fase de grupos. También en la Europa League, pero al fin y al cabo el Sporting de Portugal, conjunto que me venció, demostró ser un rival digno. También le podría haber dado mayor importancia a las copas, sobre todo a la FA Cup, donde salí derrotado ante el maldito United. Bah, aquello fue cosa de Chris Foy que expulsó injustamente a Kompany”. Y así llegó el fin de semana del 7 y 8 de julio.

Ya había tenido algunas conversaciones con el presidente del club, Khaldoon Al Mubarak, que le había transmitido la confianza del propietario en su proyecto. Si el club quería crecer, debía tener estabilidad. Y, visto que el equilibrio financiero era una utopía inalcanzable a corto/medio plazo, al menos consideraba necesario tenerlo en el banquillo. Sí, era probable que le hiciesen una nueva oferta, pero no imaginaba lo que se le venía encima. Mancini no estaba dispuesto a firmar por un año con condiciones de renovación en función de títulos. Si el club se gastaba dinero a espuertas en fichajes, un buen pellizco debía ser para él.

¿Qué le parecería un contrato de 9,5 millones de euros por temporada hasta el verano de 2017? ¡48 millones de euros en cinco años! “¿Cómo iba a pensar en esto aquel 13 de mayo cuando a falta de 5 minutos perdía la Premier frente a mi vecino?”. Un momento antes de estampar su firma se acordó del derechazo de Arteta. Del gol de Maloney. De Pienaar, Jelavic y Ferguson. De Kompany y Dzeko. Pero sobre todo de Agüero. “¿Quién dijo que el Kun no valía 45 millones de euros? Cada día lo veo más barato”, pensó Mancini mientras aseguraba con su rúbrica el futuro económico de varias generaciones de su familia.

Javier Aguilar – @JavoAg