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La noticia del fallecimiento de don Manolo Preciado me dejó perplejo e inmóvil. Frío, pensativo, triste. En mi corta existencia apenas he tenido ídolos o personajes a los que admirase como si fueran deidades. No he sacralizado a deportistas, políticos o artistas. Al fin y al cabo me parecía ridículo colocarlos a una altura superior al resto por hacer su trabajo de forma correcta. No dejaban de cumplir con su oficio igual que lo haría un carpintero, un médico, un arquitecto o un panadero. Y eso era precisamente lo que me sorprendía de don Manolo Preciado, que no se envolvía en grandes palabras, que sabía que el de entrenador era únicamente un oficio, su oficio, y tan solo quería realizarlo de la mejor manera posible. Quizá ese fuera un motivo por el que llegué a admirarlo, porque en el mundo del deporte, que cada día se parece más al de la farándula, él representaba unos valores casi perdidos allá por los ochenta y los primeros años de los noventa.

Un héroe del siglo XXI con trazas de haber sido concebido allá por el XVIII, con un prominente bigote y una predisposición a la batalla que ríase usted de aquellos metrosexuales que pueblan los campos de fútbol. Un símbolo de la resistencia, un personaje pelayesco, un mito cercano, con arquetipo de vecino común, al que la vida ha maltratado con funestas desgracias y a la que se enfrenta con el coraje de aquel que la aprecia por encima de cualquier otra cosa. Un personaje, unido indisolublemente a un bigote, cuya humanidad bien podría servir de referente, si es que no lo ha hecho ya, a todos aquellos golpeados por los duros reveses de la existencia.

Manolo Preciado supo reponerse a los duros reveses con los que le golpeó la vida. Hace 10 años su mujer falleció por un cáncer de piel. Tan solo dos años después, falleció su hijo mayor, en un accidente de moto. En abril de 2011 fue su padre, que murió atropellado cuando intentaba ayudar a un vecino cuyo coche se había quedado sin batería. Su filosofía lo obligaba a enfrentarse al destino con una valentía que emocionaba: “Hay que pelear. ¿Que a veces tienes que echar una lágrima? Pues la echas, qué cojones. No pasa nada. Recuerdas muchas cosas, pero esto sigue. Yo solo voy a estar en el mundo una vez y la quiero aprovechar hasta el último día, seguro”. Y vaya si lo aprovechó; si alguien no lo cree que pase por Gijón o Santander y pregunte. Aunque 54 años sean pocos, muy pocos, apenas nada para una personalidad como don Manolo Preciado, los vivió intensamente.

Su vozarrón nunca se quebró, sus ojos entreabiertos bajo sus pobladas cejas miraban una seguridad que bien captaban sus futbolistas, pero las bolsas bajo sus ojos delataban la cantidad de lágrimas que se había guardado. La madrugada del 7 de junio, su corazón se detuvo por un infarto. Las lágrimas que guardaba hoy serán derramadas por él. Siempre se dice que la muerte se lleva a los mejores, pero en esta ocasión es cierto. Muchas gracias por todo, don Manuel. Nunca te olvidaremos. Descansa en paz.

“Siempre sale el sol al día siguiente. ¿Para qué te vas a angustiar? Es mejor seguir, seguir y seguir”

(Manolo Preciado, 2012)

Javier Aguilar — @JavoAg