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“Lo dijeron Horacio y el Barroco:

cada hora nos va a acercando un poco

más al negro cuchillo de la Parca.

¿Qué es esta vida sino un breve sueño?

Hoy lo repite, a su manera, el Marca:

en junio se retira Butragueño”

Miguel D’Ors Tempus Fugit (10-12-1994)

Cuánto ha cambiado el concepto del fútbol en los últimos ochenta años. Casi tanto como el desarrollo de la profesión periodística. Ambos campos, complementarios y estrechamente relacionados, sirven para ilustrar la transformación que ha sufrido la sociedad desde el primer tercio del siglo XX. Desde aquellos equipos amateurs a las grandes marcas deportivas de nuestros días. Desde aquellas pequeñas redacciones desde las que se informaba a una región a los gigantes mediáticos que controlan la información mundial. Profesionalización y concentración empresarial lo llamaron. 

El capitalismo más exacerbado situó el dinero en una posición privilegiada desde la que observar todo que ocurre a nuestro alrededor. Como si, una vez que se llegase a poseer cierta cantidad monetaria, se pudiese observar la realidad desde el punto de vista correcto. Como si el esfuerzo se midiese en monedas de bronce y billetes de colores. Como si el único motivo para estar realmente feliz fuese el superávit.

La posición del deporte -el fútbol, en este caso- y su importancia en la sociedad aumentan a medida que la globalización se hace cada vez más imparable. La representatividad de los equipos de fútbol y las selecciones ayudan a sus seguidores a sentirse parte de un colectivo que los engloba en un grupo común. Los aficionados acuden al estadio para socializarse y compartir experiencias con aquellos con los que comparten colores, bandera y cánticos. Lo curioso del caso es que la representación de un equipo ya no se encuentra en un pueblo, ciudad o región determinada, sino que la globalización a la que antes hacíamos referencia provoca, por ejemplo, nueve muertos en Nigeria, tras la final de la Champions League de 2008 entre Chelsea y Manchester United. Si bien el sentimiento de pertenencia a un equipo determinado traspasa fronteras, aún no hay ejemplos de que, en el caso de las selecciones, ocurra lo mismo. Por lo menos, no a gran escala. Podemos afirmar, entonces, que la comunión entre una grada y unos colores alcanza su grado máximo en las selecciones, aunque esta afirmación debamos acompañarla de asteriscos y matices en numerosos casos. Como en el de las regiones con un fuerte carácter independentista, donde un club se alza como la selección de dicha región. O los países con fuertes tensiones religiosas, en donde el equipo nacional representa a una parte de la población en función de su ideología. 

¿Refuerza el fútbol el sentimiento de pertenencia a una nación? ¿Es, como algunos afirman, una representación de los conflictos bélicos? Cuenta Simon Kuper que, tras la victoria de Holanda sobre Alemania en la semifinal de la Eurocopa de 1988, más del 60% de la población salió a la calle a festejar la victoria -era un martes por la noche-, lo que supuso “la manifestación pública más numerosa desde el día de la Liberación”. Hubo plazas en las que los holandeses gritaban “¡Nos han devuelto las bicicletas!” (los alemanes, tras la ocupación, confiscaron la mayor parte de las bicicletas de Holanda) y desde los medios de comunicación se podían escuchar mensajes como “Holanda ya es libre” o “al final hemos ganado la guerra”. También para los argentinos su victoria frente a Inglaterra en los cuartos de final del Mundial de 1986 fue algo más que un partido ganado. O para los franceses la consecución del Mundial de 1998 con la selección más multiracial que se recuerda.

Maradona con la copa Jules Rimet, 1986

¿Se ha integrado el fútbol en un el mundo cultural o se fue parte de él desde sus comienzos? El desarrollo del football -segunda mitad del siglo XIX- estuvo ligado a la Universidad, representada por las clases más pudientes de la sociedad, y al mundo obrero, en donde lo practicaban los trabajadores de las fábricas. La revolución industrial provocó una profunda transformación del modo de vida y el football supo encontrar su hueco en ese nuevo modelo. Sobre el campo todos eran iguales y, a pesar de las primeras reticencias a enfrentarse -sobre todo por parte de los universitarios-, pronto la Football Association decidió crear diferentes torneos que permitiesen competir a los clubes que se habían creado.

El fútbol fue objeto de estudio durante sus primeros años de vida. No sólo desde el punto de vista del reglamento, también como un fenómeno sociológico que variaba las conductas de quienes lo practicaban o lo observaban. Se jugaba en clubes privados, pero también se practicaba en la calle, o incluso en el patio de las fábricas. Cualquier excusa servía para celebrar un partido. Ningún grupo quedaba fuera del fenómeno. 

Gardel, Samitier y Platko, 1928

A pesar de que ya existían varios clubes en España desde finales del siglo XIX, sería en los primeros años del XX cuando se crearían las primeras asociaciones y, con ello, pequeñas competiciones que irían configurando un deporte que pronto sería tratado por periodistas, escritores y poetas. Cabe recordar, por ejemploel poema que Alberti dedicó a Platko en La voz de Cantabria, por su memorable actuación en la final de Copa de 1928: “El gran oso rubio de Hungría”. O la “Elegía al guardameta” que Miguel Hernández (que había creado un equipo de fútbol llamado “La Repartiora”) escribió en honor del portero del Orihuela FCQuizá Sir Arthur Conan Doyle comenzó a pensar en las aventuras de Sherlock Holmes entre los tres palos de la portería del Porstmouth, del que fue primer guardameta. 

“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”

Albert Camus Lo que debo al fútbol en France Football (1957)

¿Acaso la relación del fútbol con la cultura acabó en el primer tercio del siglo XX? Ni mucho menos. Más tarde llegarían Gabriel Celaya, Martín Girard (seudónimo de Gonzalo Suárez), Enrique Vila-Matas, Miguel D’Ors… Las esculturas de Eduardo Chillida, que tuvo que retirarse del fútbol por una grave lesión -jugaba en la Real Sociedad-, se multiplicaban. Al otro lado del charco, Roberto Fontanarrosa, Juan Villoro y Eduardo Galeano demostraban que existían tantas formas de escribir sobre fútbol como de marcar un gol, infinitas. Jorge Valdano se convirtió en el paradigma de futbolista culto y comenzó a escribir y a colaborar en diferentes medios de comunicación. Incluso aquellos futbolistas holandeses que vencieron a Alemania en 1988 escribieron un libro de poemas -de dudosa calidad, todo sea dicho-.

La llegada de Internet y la expansión de la televisión por cable y por satélite supusieron el último empujón necesario para esa “globalización” a la que se hacía referencia cuando acabó la Guerra Fría. Tal globalización consistía, básicamente, en imitar el estilo de vida americano como si de la panacea se tratase, con las diferencias propias de cada país. Si a alguien benefició fue a las multinacionales: McDonald’s ya podía vender hamburguesas en más de 200 países y Nike calzaría a los niños (ricos) de otros tantos.

La sociedad sufrió una nueva y profunda transformación. El fútbol ya no era importante por tratarse del deporte por equipos más practicado en el mundo, sino porque era el que más dinero movía.Y el periodismo dejó de ser un servicio público para convertirse en “concertado” o “privado” según quién firmase los cheques. Lo importante del fútbol no era el balón, ni el terreno de juego. Lo importante del periodismo no era analizar la realidad para mostrársela a la audiencia, ni informar con rigor y objetividad. Cuando el éxito se comenzó a medir en euros, dólares y libras, la esencia de los oficios comenzó a perderse. Quién sabe si para siempre

Javier Aguilar — @preciadobigotin