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– Tu última chica te costó 20 millones, la anterior incluso más.

– Victor, no seas tacaño.

La conversación reproducida es un fragmento de la película “Rocknrolla“, dirigida por Guy Ritchie, en la que aparece una caricatura del presidente del Chelsea Roman Abramovich (en la ficción, su nombre es ‘Omovich’). Pero ya saben que la realidad siempre supera a la ficción. El último divorcio de Abramovich (ha contraído matrimonio en dos ocasiones) no costó 20 millones, de hecho las informaciones apuntan a un acuerdo de entre 1.500 y 8.000 millones de euros, aunque la cifra exacta no se ha hecho pública.

Hablamos de un personaje controvertido, tímido, ambicioso y extremadamente inteligente, que comenzó con un negocio de recambios de automóvil y pasó por diferentes empresas relacionadas con los materiales plásticos y los juguetes hasta conseguir el capital necesario para entrar en el negocio petrolífero (coincidiendo con la llegada de la Perestroika). A los 30 años, ya era millonario y se codeaba con los personajes más influyentes de la antigua Unión Soviética. Estrechó sus relaciones con el entono de Boris Yeltsin y, tras varias nacionalizaciones de empresas de las que él era propietario o accionista mayoritario, consiguió colocarse entre los personajes más ricos de toda Rusia y llegó a alcanzar el primer puesto en 2006.

Por aquel entonces ya era propietario de un equipo de fútbol del norte de Londres, el Chelsea FC, al que llegó en 2003. Nunca consideró a los blues una empresa: ansiaba entrar en el mundo del fútbol, más como un hobby que como una inversión directa. Su posición le permitiría abrir nuevas formas de negocio en Gran Bretaña, pero conocía los riesgos de ser el propietario de un equipo de fútbol. Su inversión en los primeros cuatro años se cifró en cerca de 450 millones de euros. A su multimillonario gasto en fichajes añadió una profunda reforma de Stamford Bridge, la construcción de un complejo deportivo (Cobham) y la eliminación de la deuda que el Chelsea tenía con diferentes bancos y proveedores. En dos temporadas consiguió que su equipo se alzase con la Premier League, pero su objetivo siempre fue la Champions League.

Triunfar en Europa, alzarse con la máxima competición continental, comenzaba a ser más una obsesión que un objetivo. Para ello contrató a Mourinho, que venía de ganar la Champions League con el Oporto. Dos Premier Leagues, dos Carling Cup y una FA Cup no fueron suficientes para el ruso, que decidió destituirlo en 2007. Su sustituto fue Avram Grant, hasta entonces preparados del equipo londinense. El equipo, sorprendentemente, llegó a la final de la Champions League, pero aquel resbalón inoportuno de Terry lanzó al limbo sus posibilidades de alzar el torneo.

Luiz Filipe Scolari ocupó el banquillo en detrimento de Avram Grant, que no contó con el apoyo de Abramovich para continuar, pero no llegó a aguantar en la capital inglesa ni siquiera un temporada. Las buenas relaciones con Guus Hiddink, por aquel entonces seleccionador de Rusia, llevaron al holandés a ocupar el banquillo del Chelsea hasta que finalizó la temporada. Meses más tarde, su hueco lo ocupaba Carlo Ancelotti, que había sido dos veces campeón de la Champions League con el AC Milan. Dos tropiezos continentales frente al Inter de Mourinho y al Manchester United llevaron al entrenador italiano a despedirse de Londres y coger un avión rumbo a Francia, a París, al calor de los petrodólares cataríes. Su sustituto sería un joven entrenador portugués que venía de ganar un triplete con el Oporto y con reminiscencias de aquel Mourinho que tanto gustaba a Roman Abramovich: 15 millones de euros costó traer a Villas-Boas, pero bien valía la pena si con ello pudiese pelear por la ansiada ‘orejona’.

El portugués, que venía con el cartel de ser un especialista en eliminatorias, fue relevado de su cargo el 4 de marzo, con el club en una situación agónica: a veinte puntos del líder de la Premier League, con un 3-1 adverso cosechado en Nápoles y con un oscuro horizonte que parecía presagiar la peor temporada del Chelsea desde la llegada de Roman Abramovich al club. Su sustituto fue Di Matteo, que supo tocar las piezas clave para llevar al equipo a la gloria. Recuperó la mejor versión de la veterana guardia blue: Terry, Lampard, Cech y Drogba mejoraron sus prestaciones, lo que llevó al equipo a remontar frente a los italianos en Stamford Bridge (4-1 en la prórroga) y a conseguir una plaza en la final de la FA Cup tras anotar diez goles en dos partidos (5-2 frente al Leicester y 1-5 frente al Tottenham).

Después llegaría la histórica eliminación al Barça de Guardiola (no sin algo de suerte de su parte, todo sea dicho) y la victoria por dos a uno frente al Liverpool en la final de la FA Cup. Una sonrisa comenzaba a vislumbrarse en el semblante anodino de Roman Abramovich, una mueca casi imperceptible que se convertiría en júbilo si su equipo se alzaba con el ansiado título de Champions League.

Para ello debía superar al Bayern Munich, que cuenta con cuatro ‘orejonas’ en su haber, que jugaba en su estadio y que partía como máximo favorito en todas las casas de apuestas. Las bajas en el Chelsea (Ivanovic, Terry, Ramires y Meireles) parecían un lastre insuperable. Pero la vieja guardia sabía que podía tratarse del último tren. Podía ser su última oportunidad de ganar la máxima competición continental, al menos con la zamarra blue. Quién sabe si un traspaso que lo alejase de las islas podría llevar a la gloria a Drogba (34 años). O una renovación profunda de la plantilla acabaría con Lampard (33 años) y Ashley Cole (31 años) alzando el trofeo. Eran demasiadas hipótesis para dejar escapar un momento irrepetible.

De nuevo la suerte sonrió a los londinenses. Aquí habrá quien afirme que la suerte se trabaja, que hay que buscarla -no negaré la máxima- pero los centímetros que diferencian que un balón golpee en el palo y salga rechazado o que tras el impacto acabe besando las redes obedecen a medidas tan nimias que la suerte influye. El Chelsea, en sus últimos tres partidos, ha recibido más de 70 remates. Sus jugadores han disparado, de media, no más de cuatro veces por encuentro (si contamos los lanzamientos que han ido entre los tres palos, la eficacia rompe cualquier estadística: casi un gol por disparo). Y, aún a pesar de todo ello, ha conseguido alzarse con el ansiado trofeo, en la temporada que más complicado parecía el objetivo. Aquel por el que Abramovich ha invertido cerca de 900 millones de euros. ¿Merece la pena un gasto así para conquistar una Champions? Habrá quien afirme que no, que un trofeo, por muy importante que sea, no puede valer tanto. Pero pregunten a los aficionados del Chelsea, más de uno les dirá: “no seas tacaño”.

Javier Aguilar — @JavoAg